Un proyecto FONIS ejecutado por la Universidad de La Frontera está probando un instrumento de diagnóstico que permita conocer la presencia de trastornos alimentarios en la población chilena de mayor riesgo. La muestra corresponde a adolescentes y adultos de Temuco, Santiago y Valparaíso.
Entre un 15 y un 18% de la población nacional en etapa adolescente o de adultez temprana, manifiesta algún trastorno en la conducta alimentaria, ya sea, de sobreingesta o restricción de comida. Es un fenómeno que va en aumento en Chile, por eso la Universidad de La Frontera está desarrollando una investigación que permita conocer en forma exacta la prevalencia y presencia de estas conductas en la población, y desde ahí, avanzar en prevención y tratamiento.
Es un proyecto FONIS de 18 meses de duración que se ejecuta con la colaboración de las Universidades de Chile, de Valparaíso y Pontificia Universidad Católica de Chile. Este estudio está probando un instrumento de diagnóstico en una muestra de personas en riesgo y también de pacientes clínicos. Son jóvenes adolescentes y personas en etapa de adultez temprana de Temuco, Santiago y Valparaíso.
“El objetivo es validar este instrumento técnico de medición, creado en Estados Unidos y probado en varios países, lo que nos permitirá identificar la presencia de estos trastornos en el país, potenciando así la investigación en el tema y los estudios epidemiológicos. Por otro lado, si este instrumento técnico es validado favorecerá el diagnóstico oportuno y, con ello, la prevención de estas dolencias”, señala el director del proyecto y académico de la Facultad de Medicina de la UFRO, Dr. Jaime Silva.
Causas y Efectos
Los países desarrollados han generado mucha investigación en materia de trastornos en la conducta alimentaria, porque precisamente en esas naciones –donde el nivel socioeconómico es alto- comenzó a surgir el problema.
“Cuando sube la calidad de vida en los países se incrementan también las malas conductas alimentarias, debido a que la mayor disponibilidad de alimentos en el grupo social provoca un cambio de estándares en el establecimiento de la figura ideal, es decir, se valora la imagen contraria, mientras hay escasez se aprecia la ganancia de peso y si hay abundancia, se aspira a la delgadez”, explica el Dr. Jaime Silva, quien lidera esta investigación junto al psicólogo de la UFRO, Manuel Ortiz.
Silva lleva casi 10 años investigando los trastornos en la conducta alimentaria y señala que estas dolencias se han incrementado porque siempre se tratan desde la perspectiva de la comida; sin embargo, postula que un deficiente control de los afectos sería la principal causa, por lo tanto, un tratamiento eficaz debe orientarse hacia el aspecto psicológico.
“Estos problemas se generan según la forma en que somos capaces de controlar los afectos, entonces si las estrategias se centran en la relación con los alimentos y no en lo afectivo, se generan más problemas en la conducta alimentaria”, apunta.
Para este especialista la prevención de trastornos como las adicciones a las dietas, el atracón alimentario (sobre ingesta ocasional), y en casos extremos, la bulimia o la anorexia, son conductas que deben prevenirse desde la niñez. “Los padres deben entrenar a los niños para que reconozcan sus necesidades fisiológicas de hambre y saciedad”, recalca.
Evidentemente la presión social ejerce también una influencia, ya que mientras más se valora la imagen física en la sociedad se mantendrá el apremio por mantener un silueta acorde a lo establecido; “por lo demás, siempre existe algún nivel de atribución de los problemas a la apariencia física, entonces las personas que presentan un bajo control afectivo tenderán en mayor medida a modificar su apariencia”.
Karimme Riadi Millas
Vía: Vertientes Online